Es hoy, mi tiempo

Mis manos arañan mi tiempo
con la angustia vieja
de un ayer glorioso
que hoy solo es pasado.

Mis ojos buscan un cielo:
celeste, límpido, único,
sin ninguna nube del mal;
tan solo una sonrisa en el rostro

que me enseña que todo sigue
y que el mundo es igual,
solo yo pierdo, solo yo cambio
y aunque sonría, solo se llora.

Es un engaño para mí misma,
es un adiós callado
que camina siempre, a mi lado
y que es el único sello

que tiene mi vida, mi tiempo,
mi análisis de olvido
que otros llaman destino
y que otros esperan en silencio.

Isabel Celia Domínguez Lozano

(General Alvear, Mendoza, Argentina)

Poeta, Presidenta de Sociedad Argentina de Escritores -SADE- Filial de General Alvear

El libro fantasma

Dos amigos habían decidido ir a visitar a una mujer escritora que vivía en un pueblo cercano. Mucho se hablaba de ella, si bien la escritora no había sido reconocida, sus libros se encontraban en diferentes bibliotecas populares o en los saldos de alguna venta de libros. Los cuentos que escribía hablaban de la magia y el amor, del encuentro y la desdicha.
En el viaje en auto, íbamos leyendo algunos cuentos. A los dos nos gustaba leer. Nos conocimos en la universidad, estudiando Ciencias de la Comunicación y haciendo trabajos prácticos juntos. Nos dimos cuenta que nos gustaba leer el mismo género literario: los cuentos.
Martin era alto y flaco, tenía el pelo corto, de color negro y le gustaba usar camisas antiguas. Algo que nos gustaba hacer era comprar revistas, y sentarnos a leer en su patio toda la tarde con el mate de por medio. En una de las revistas que no recuerdo si compramos en una de las tantas bibliotecas populares que solíamos recorrer, encontramos una entrevista a una escritora cordobesa que no era reconocida, pero tenía mucha trayectoria en la escritura y decidimos localizarla. Primero buscamos su nombre en la guía telefónica, algo típico para buscar el número de alguien, pero no la encontramos. Googleamos en internet, pero no había información de ella.
Mientras seguíamos leyendo entrevistas, ya que era algo que nos fascinaba, encontramos otra pequeña nota de nuestra escritora misteriosa y ahí pudimos saber en qué pueblo supuestamente vivía. Entonces nos decidimos a viajar para conocerla, lo que habíamos podido leer sobre su vida y en los cuentos de uno de sus libros al que tuvimos acceso en una biblioteca universitaria, nos daba a entender que ella encontraba la inspiración en un libro al que siempre recurría para leer. Esto no era algo que nos sorprendiese ya que nosotros como escritores novatos sabemos que para escribir también hay que leer mucho. Pero el dato que nos llamaba la atención es que en una frase de la entrevista dijo: “El libro que siempre consulto como fuente de inspiración jamás podrá ser leído” y era eso lo que nos llamó la atención y por lo cual nos decidimos entrevistarla nosotros mismos.
Recorrimos varios kilómetros en el auto, por suerte la estación climática nos acompañaba y estábamos cómodos. Teníamos provisiones por cualquier imprevisto, algunos libros para entretenernos y nuestro infaltable mate. Martin conducía tranquilo y yo iba al lado leyendo en voz alta, cuando me cansaba poníamos música, el viaje no iba a ser tan largo. Nos estábamos acercando a las altas cumbres, sabíamos que nos faltaba poco.
Cuando íbamos llegando al pueblo una enorme ave se cruzó frente al auto y nos dio miedo, sentimos que la naturaleza quería frenarnos y que no debíamos meternos en este tema, pero nuestro fanatismo por la lectura podía más y decidimos seguir en camino. Entramos por calles de tierra y árboles, seguimos por una calle que en bajada llegaba a la esquina de una puerta de madera. Abrimos la tranquera y decidimos seguir a pie, si no nos equivocábamos era la casa de un señor conocido del pueblo quien nos diría donde encontraríamos a nuestra escritora misteriosa.
Nos indicaron el trayecto y preferimos hacerlo caminando, el paisaje y el colorido de la vegetación nos gustaron mucho y ya que no sabíamos si volveríamos a ese lugar, quisimos disfrutarlo.
Hicimos tres cuadras y paramos en un banco de una placita para preparar unos mates. Sabíamos que tal vez nuestra misteriosa escritora no se encontraría en la casa. En el caso de que ella no estuviera le dejaríamos una carta que habíamos escrito la noche anterior. De esta manera tal vez ella nos contactaría. Queríamos publicar una nota nosotros mismos en un proyecto editorial que íbamos a impulsar y que empezaría con un fanzine de literatura.
Según las indicaciones del señor más antiguo del pueblo, estábamos a una cuadra de la casa. Cuando llegamos vimos una decoración que antes no habíamos visto. Dos árboles bien verdes, uno de cada lado de la puerta, marcaban el ingreso a la casita. Era una casa de techos bajos y pintada con un color durazno y los marcos de puertas y ventanas eran rojos. La casa parecía realmente tomada de un cuento. Era claro que alguien que vivía en esa casa debía tener mucha imaginación y creatividad.
Llamamos desde la tranquera y nadie contesto, entonces decidimos entrar. Cuando llegamos a la puerta de ingreso a la casa, golpeamos tres veces. Se abrió la puerta y una mujer con el pelo muy blanco como la nieve nos miró a los dos y preguntó:
—¿Quiénes son ustedes?
Nosotros le dijimos:
—Yo soy Martin…
—Y yo Diego…
Luego procedí a explicarle que éramos estudiantes de periodismo y estábamos investigando sobre diferentes escritores. Le dijimos que queríamos entrevistarla porque habíamos leído sus cuentos y algunas entrevistas en revistas, sin mencionar que nos interesaba un libro misterioso que supuestamente ella tenía.
Nos invitó a pasar muy amablemente y nos preparó un té aromado con duraznos. Nos sentamos en un sofá muy cómodo, las paredes estaban llenas de estanterías con libros y adornos. No podíamos dejar de mirar todo el espacio e imaginar cuanta cultura había dentro de él. Tomamos té muy tranquilo mientras ella nos relataba algunas experiencias con los entrevistadores que fueron a hablar con ella.
Fuimos enfocando nuestras preguntas hacia lo que queríamos saber y ella se dio cuenta. Dijo:
—Sé lo que buscan, todo el mundo viene aquí por él, les aviso que no verán nada que no haya visto otro, evidentemente el universo hace una selección en este mundo.
Sacó de una mesita ratona con un pequeño cajón, un libro de tapas doradas y calado formando dibujos como signos de viejas culturas. Se lo dio a Martin, él lo abrió rápidamente y su cara dijo todo, hizo una sonrisa burlona y me pasó el libro y me dijo:
—Solo son hojas blancas, ¿querrá que anote algo?
Tomé el libro cerrado y cuando vi la tapa, las figuras se movían, pero solo observé y no dije ni gestualicé nada. Cuando lo abrí, aparecieron imágenes de colores y empezó a armarse una historia, fui pasando cada hoja y la historia continuaba. Martin me dijo:
—¿Estás loco? ¿Vas a pasar cada hoja de un libro en blanco? —, y salió afuera a fumar.
Yo no pude dejar de pasar cada página de la siguiente a la siguiente, no me hacía falta leer, solo debía observar las imágenes que aparecían y cuando llegué a la última página fue impresionante, pude darme cuenta en ese momento que gracias a todo lo que vi, pude saber la historia de mi vida y también la universal.

Luis Ceballos

(Escritor, actor y artista plástico)

(Córdoba, Argentina)

¿Por qué?

En medio de la penumbra de la habitación el hombre puso en sus labios un cigarro y lo encendió. Esperó. Escuchó el silencio. Reconoció algunos cuadros colgados en las paredes, una jarra que dormía sobre un mantelito y el sillón donde tantas veces había dormido… Suspiró… La tarde comenzaba a oscurecer aún más ese ambiente de por sí inundado por la falta de luz natural. 

La ventana, con la cortina a medio correr marcaba sus dibujos sobre los muebles y la alfombra iba mostrando sus distintas partes en la medida que el reflejo del sol la iluminaba.
El hombre volvió a suspirar. Sus ojos fueron hacia la puerta. La puerta entrecerrada. De aquellas viejas con alturas desmesuradas, y cuadriculada con vidrios transparentes. Atrás se vislumbraba un patio con claraboya.
Un perro ladró a lo lejos. Lo pudo sentir.
Como si sus zapatos estuvieran clavados al piso, tuvo que hacer un esfuerzo para zafar y avanzar unos pasos.
Llegó a un escritorio de roble oscuro. Tocó su madera como si se tratara del cuerpo de una mujer y tuvo fogonazos de viejos recuerdos que parecían olvidados.
Su padre… Los bigotes… La mirada adusta… La mano sobre la carpeta… Y él mirando asustado, esperando la sentencia… Su cuerpito temblando como si un juez estuviera a punto de condenarlo a morir…
Se sonrió. Pero un pequeño mareo lo alejó de esas imágenes enmohecidas. Se apoyó sobre una silla y lentamente fue cayendo hasta quedar todo él depositado en ella ¿Qué hacer?
Una música de timbales pareció instalarse en su cabeza y apareció en un rincón su hermana vestida de fiesta, con sus diez años recién inaugurados. Pero, así como vino, se fue.
La ceniza del cigarro se cayó abruptamente sobre la alfombra, pero el hombre no se dio cuenta. Miraba buscando a su hermana en ese rincón.
El estudio permanecía en silencio a pesar de que la casa daba a una calle concurrida.
Y él escuchaba la música que parecía venir de la selva… Pero terminó. Y retornó la calma.
Diez años. Hacía diez años. Y todo estaba igual. Se levantó con sus piernas temblequeando y buscó un sobre dentro de uno de los cajones del escritorio. No estaba. Abrió otro. Nada. Otro. Nada. Los cerró todos y esperó. No podía ser. Tenía que estar. Ese había sido el acuerdo. Pensó. La fila de cajones de la izquierda. No, la de la derecha. Apagó lo que quedaba del cigarro en un cenicero de vidrio transparente y volvió a abrirlos. Cartas, papeles, alguna foto, todos iluminados momentáneamente por los rayos que aún se filtraban por la ventana. Prendió la lámpara. Fue un acto reflejo y se sorprendió. Recordó sus manitos tirando de esa cuerdita metálica para que mágicamente se encendiera la luz, y se apagara, y se encendiera y se apagara… Y descubrió que el sobre estaba ahí. Encima del escritorio, esperándolo. Tembló. Lo tocó. Lo rozó. Lo acarició. Sacó su encendedor y le prendió fuego. Tiró el sobre al aire y éste chocó contra la cortina que se encendió. El cuarto tomó un color especial por el fuego que se iba extendiendo.
El hombre permaneció sentado detrás del escritorio mirando.
Cuando sintió que era tiempo se levantó sin ningún apuro, salió de la habitación que se iluminaba fantasmagóricamente, llegó al patio con claraboya, bajó la escalera de mármol y se fue.

Andrés Caro Berta

(Escritor, dramaturgo, psicólogo, sexólogo, director teatral)
(Montevideo, Uruguay)

Vuela

Gorrión bate tus alas
persiste en tu afán
los cielos aguardan
no dejes de intentar
tu herida ya sana.
Mira por la ventana
siguen estando allí
tus montañas
tu lago, tu río,
tu cañada.
Nútrete de ello
tu cría, te aguarda.
Sé que soñaste 
más de la cuenta
te atreviste a viajar
a esa ciudad.
Tu instinto no advirtió
que te podían matar.
En el recuerdo
no caigas
ya sabes 
que no es bueno.
Toma un segundo 
si el dolor es profundo
no pierdas la calma
y orienta tu vuelo
¡Ahora! ¡Ya!
¡Estas volando!  
¡Te veo!

Ana Bazán

(Narradora y Poeta. Mendoza, Argentina)

Trebolar

Este cuento fue finalista ganador del Certamen de Invierno 2017 de Cuento Largo organizado por La Hora del Cuento

 

Por Roberto Teodoro Miranda

 

En una noche cualquiera, de una calle cualquiera del barrio de La Boca impregnada de colores de Quinquela, se produjo el encuentro.

No puedo recordar cómo la conocí. Tampoco el nombre.

Tan sólo la fascinación que me despertó observar sus piernas, cruzadas con discreción al sentarse de costado en la moto y abrazarse a mi cintura para echar a andar.

Pelo suelto. Olorosa piel.  

No logro rescatar, siquiera, el encantamiento previo desplegado por ambos para entender a través de la mirada, que deseábamos y estábamos dispuestos a emprender juntos la aventura primera de nuestros cuerpos. La sangre joven, incontenible, golpeaba, golpeaba, y el enamoramiento se hacía primavera.

Brote turgente, ansioso de sol.

La quinta de Torti, ingeniero civil que había participado en el trazado de la línea ferroviaria que unía nuestro territorio con la localidad fronteriza de Yacuiba en Bolivia, quedaba ubicada entre Burzaco y Longchamps, a unos veinticinco kilómetros de Capital Federal.

Asentada sobre un campo de veinte hectáreas con salida al Camino Real, se llegaba a ella por la calle de tierra que corría delante del horno de ladrillos, que al pasar salía a llenar de ladridos una jauría de perros embravecidos. Mientras los matungos del pisadero, resignados, giraban animados por el látigo y los silbidos del peón que chapaleaba en el barro.

Desde la tranquera, contigua al aromo del que se había colgado el boyero de un tambo cercano contrariado de amores por la polaca María, jugosa y madura breva que supe probar, se proyectaba un callejón profundo cubierto por el follaje de dos hileras de acacias, que llevaba hasta las casas.

Donde en lo alto del molino, campanario del lugar, repiqueteaba a cada vuelta de rueda el tañido sonoro de las cañerías, cuando el agua subía al tanque conectado con la cisterna emplazada al lado de los nogales, destinada a abastecer la red que en su punto más lejano llegaba hasta los bebederos del corral.

Todos los días, antes del amanecer, Vicente junto a Batuque y Churrinche se encaminaba hasta allí para el ordeñe, con sus baldes, maneas, y el banquito de una sola pata a cuestas. Que, bajo el cobertizo, a la luz del sol de noche, sujetaba a la cintura.

Las vacas, reclamadas por insistentes balidos de los terneros mugían que daban lástima, y repetían cada jornada el consabido concierto de protesta iluminado por el jadeo cuyo aliento hacía aún más densa la niebla suspendida. Los perros, con fastidio, garroneaban a destajo. A veces, desde lo alto de los paraísos cercanos resonaba un aleteo grave seguido del canto de trasnochado zorzal, que agregaba su voz solista al desafinado coro. En tanto por el este, poco a poco, como quien se despereza, emergía la bola de fuego y las sombras desaparecían.

Imbuido en estas digresiones, a mitad de camino, ante una imprevista frenada reparo cómo se acentúa la presión que ejercen aquellos brazos aferrados a la cintura. Situación que se repite en forma sistemática, con mayor intensidad en cada aceleración.

Cual bombas de romería, las alertas sensoriales estallan una tras otra sin pausa ni control. Las pulsaciones se incrementan.

De golpe, recuerdo que, a la izquierda del corral, sobre una leve elevación del terreno existía un conjunto de paraísos a cuyo pie destacaba un mullido manto de trébol. El cual permanecía siempre verde, aun cuando la seca pegara fuerte.

Y hacia allí vamos.

La suspensión continúa rebotando sobre el adoquinado de la Pavón. El viento helado, incrementado por la velocidad, golpea el rostro y hace lagrimear. Los pómulos se rigidizan. De poco sirven la Marlon Brando, los guantes forrados, las botas de cuero. Sólo el abrazo, nos abriga a los dos.

Llegados al campo por el macadam que cubre las huellas del viejo Camino Real, detengo la marcha y a pie, con el motor apagado, pasamos por la tranquera de alambre al cuadro sembrado con sudan grass, que desarrolló tal altura que casi nos tapa. No obstante alcanzo a percibir, por debajo de la copa de los eucaliptus, la silueta conocida del monte de duraznos de Juanita.

Cubiertos por la luz indecisa del cuarto creciente, cautelosos, avanzamos en silencio por el sendero pegado al alambrado, sobre la hojarasca que quiebran nuestros pasos.

En cuyo extremo, dejo la Ceccato oculta entre los pastos -no vaya a ser que nos vean- al aproximarnos a la tranquera que comunica con el campo grande donde la hacienda descansa echada, ubicada justo enfrente del chalet de Maurice Duclos, héroe de la Resistencia Francesa vecino y buen amigo de Vicente.

Esquivando animales dormidos atravesamos, por fin, el playón en dirección al conjunto de paraísos que se alza al costado del corral.

A poco caminar, al darme vuelta por instinto, reparo desde la distancia en un reverbero de luna sobre el tanque negro con cachas blancas de la moto. Sorpresivo dedo acusador, que parece denunciar nuestra presencia furtiva.

Más, el loco afán, me hace descartar de plano regresar para tomar otra prevención.

Y bajo los paraísos, nos echamos con blandura sobre la mullida carpeta de trébol, impregnada de rocío.

Volvimos, abrazados como fuimos, pero más juntos con el mismo frío.

Motivos que tampoco encuentro, hicieron que a pesar de la promesa nunca más volviera a verla.

Pelo suelto. Olorosa piel que dejé perder. Como tantas cosas, imágenes fugaces de tiempo ido.

El sábado último, encontrándome de visita, mientras al anochecer las gatas regresaban con ancestral aire de misterio por la ventana creo haber descubierto, por asociación o segundas intenciones de la hija de Vicente al deslizar en la conversación el recuerdo de Maurice Duclos y la existencia para aquella época del conjunto de paraísos, vaya uno a saber, las razones por las cuales el mullido manto depositario de esa pasión fugaz permanecía siempre verde, aun cuando la seca pegara fuerte.

Sagrado para el ingeniero Torti, en el lugar yacían sepultados los perros que habían acompañado su prolongada existencia.

Roberto Teodoro Miranda

Narrador, C.A.B.A., Argentina

Las otras lunas

Por Mónica Druetta

De niña, cuando Alina se sentía sola, hablaba con la luna… Salía al patio y la miraba largamente. Una noche, fue una luna redonda y rojiza, la que vigiló su sueño…Intentaba dialogar con ella y, aunque no le contestaba, mirándola sentía una paz infinita…

Cuando sus padres se separaron, se tuvo que ir a vivir a la ciudad. Desde la ventana del pequeño departamento, no podía verla… Algunas veces su mamá la acompañaba hasta la plaza, pero la luna se perdía detrás de los edificios grises…

Entristeció tanto su alma, que su cuerpo enfermó. En el hospital donde la internaron no mejoraba… Allí conoció a Marta, una enfermera casi jubilada que intentó hacerle más felices sus días finales…

Decidieron operarla, era su única opción… Salió bien, pero Alina parecía no querer seguir viva… Entonces Marta decidió ayudarla y pintó en la pared de su nueva habitación una luna espléndida, redonda y luminosa asomándose hacia su cama sobre un cielo majestuoso…

Cuando Alina abrió los ojos, tuvo su luna y colgadas del techo, infinitas lunas suspendidas de hilos invisibles… Comprendió así la niña que había otras lunas posibles, infinitas lunas que temblaban cada vez que Marta reía…

Mónica Druetta
(Narradora, Tancacha, Córdoba, Argentina)