Causalidad

El galeón se mece en forma lenta con todas sus velas arriadas.
El nombre reluce: Santa Marta del Ferrol.
El sol, implacable, barre la cubierta.
La tripulación desesperada por el calor, ya no sabe donde cobijarse.
Se ha reducido la ración de agua a medio tazón por día para cada uno de los hombres y ya nadie objeta nada.
No hay fuerzas para ello.
Pedro Diego de Vivar, encerrado en el castillo de popa, no deja de mirar ese mapa que tiene desplegado sobre la mesa.
Junto a él, el Maestre sigue con sus dedos la línea de la costa de lo que conocen como “Terra Incógnita”.
Estamos aquí, capitán —susurra—. Aquí, justo en este punto.
Una gota de transpiración corre por la mejilla del capitán, se desliza por la barbilla y cae justo sobre la carta, en el lugar que marca el Maestre.
En el silencio del cuarto, retumba.
Ambos hombres se miran.
Don Pedro la seca muy despacio, con el puño de su saco.
Ese plano fascina.
—Hombre —dijo—. Este y cartógrafo otomano Piri Reis ha sido un verdadero artista al realizarla. Cuidémosla como el oro que llevamos.
—Sí Capitán —exclamó el Maestre—. Fíjese la exactitud de las costas que estamos recorriendo. Parece como si hubiera volado en las alturas y visto la mar y las tierras desde allí.
—Se ven nuestras playas en el Mare Nostrum, las de Portugal, parte del continente negro y el centro y sur de estas tierras lejanas, —observó don Diego—. Menos mal que somos los únicos que lo tenemos. Ni portugueses, franceses e ingleses lo han conseguido. Usted sabe Maestre que esto es secreto de Estado. Los reyes nos mandarían colgar si lo perdiésemos. El traslado que hacemos al puerto de Palos se debe mantener en un riguroso secreto.
El segundo de a bordo asiente ceñudo.
Se juega mucho en esa época.
La conversación se trunca por el balanceo del barco.
Un viento alisio comienza a soplar.
El capitán enrolla el mapa, lo guarda en un cilindro de papel oscuro dentro de una caja de madera y ajusta su tapa.
Al salir a cubierta observa al piloto que le sonríe, sujetando la rueda del timón.
Los marineros y grumetes, sin que nadie les diga nada, desenrollan los aparejos dobles, las velas cuadradas; y la carabela, inclinada a babor, toma la ruta hacia tierra, ciñendo, para alcanzar los cinco nudos.
Están a unas veinte millas náuticas de la costa.
El viento refresca el ambiente en contados minutos.
Veinte días después, la Santa Marta lucha por no zozobrar ante un mar embravecido en el medio del océano.
En el medio de la nada.
Una goleta británica sigue su derrotero, esperando el momento oportuno para atacar. También tiene sus problemas con el vendaval.
La tormenta ruge.
El viento huracanado sopla enfurecido, creando olas de quince metros de altura que golpean el casco de la carabela sin misericordia alguna.
Todos los hombres están en las sentinas.
El mar al final vence y sin dar tiempo a nada, una muralla de agua traga al barco, lo hunde y sin más lo lleva hacia el fondo de un abismo, en contados segundos.
Cruje la madera, algunos hombres sollozan y el castillo de popa se abre como una fruta madura.
No sobrevive nadie.
Al tercer día el sol alumbra entre las nubes.
Los marineros de la goleta británica trabajan a destajo para reparar los destrozos del huracán.
El Palo Trinquete quebrado está siendo reparado.
El vigía desde el carajo, pega un grito:
—¡Allí, proa a babor, algo flota!
Una caja de madera se iza a bordo.
El capitán de la Southerville observa con sorpresa un nombre estampado en la tapa:
¡Piri Reis!

 

Por Carlos Félix Pérez de Villarreal
(Mar del Plata, Buenos Aires, Argentina)