Cuento ganador del tercer premio en la categoría «Cuento o Relato Largo» del Certamen de Invierno 2019 organizado por La Hora del Cuento.

 

 

El grito murió en la bola de tela que le obstruía la boca. Echó la cabeza hacia atrás, los cabellos empapados colgaron por encima del respaldo. El crujido del cuero alrededor del apoyabrazos le recordó que estaba atado. Bajó la vista hacia el amasijo de huesos destrozados que alguna vez fueron sus piernas… y hacia el cadáver que yacía unos pasos más allá.

Contempló la sierra con la que el viejo había pretendido cortarle la muñeca… antes de que se desplomara con un rictus de pavor y las manos agarrotadas sobre el pecho. Se había retorcido como una oruga cubierta de sal antes de quedar inmóvil. Elevó la vista hacia la puerta del sótano. Quizás si se arrastrara…

Un ruido apagado interrumpió sus pensamientos. Reunió valor y se mentalizó: el pedido de auxilio iba a dolerle. Y mucho. Tomó aire y sacudió la silla con todas sus fuerzas. Las piernas rebotaban en oleadas lacerantes, de sus ojos brotaban lágrimas de plomo. Las patas resonaron contra el cemento. Un segundo ruido llegó desde arriba, la respuesta a sus ruegos. El ladrido ronco por encima de su cabeza le heló la sangre.

Le había restado importancia al mastín tan oscuro y enorme que daba miedo solo mirarlo, la noche y el .32 en la mano le habían augurado un triunfo rápido… Aunque no habían sido suficientes para anticipar el garrotazo traicionero con el que el viejo lo había madrugado… mucho menos los martillazos con los que le habían descalabrado por completo las rodillas.

Ya no cavilaba acerca de cómo escapar sino qué pasaría si el perro bajaba. ¿El viejo habría trabado la puerta? Un nuevo ladrido. Bastaba con que apoyase una pata en la manija… Con lengüeteadas certeras intentaría reanimarlo. Y a él lo devoraría a dentelladas, de las arterias rasgadas brotaría la poca sangre que no le habían quitado los martillazos.

Forcejeaba con desesperación. El borde de las correas abría surcos rojos en sus muñecas. Se detuvo, atento al resoplido. Otro ladrido, esta vez más enérgico. El del guardián fiel llamando a su amo. Quizás la puerta estuviera cerrada. Sería lo más sensato si quería evitar verse sorprendido en plena venganza personal. El viejo tendría parientes, alguien vendría a verlo. Estaba dispuesto a ir a la cárcel con tal de terminar con ese tormento. ¿Y la policía? El hedor del cuerpo en descomposición tardaría días en alertar a los vecinos. Para entonces, él estaría muerto. De hambre y sed o asesinado por un perro igual de hambriento que él.

Se miró las manos, o lo que quedaba de ellas: dos masas chorreantes a los lados de unas piernas inservibles. Se sacudió frenético. Lloró, preso del dolor y la desolación. Al otro extremo de la escalera, las uñas rasgaron la puerta. En un esfuerzo supremo, se sobrepuso al desvanecimiento. Ya que nadie lo salvaría, debía hacerlo él mismo. Su mirada recayó en el viejo, en sus pupilas muy abiertas que empezaban a tornarse vidriosas. Reparó en la sierra.

Por encima de su cabeza, la manija osciló con ruido breve. El mastín acababa de hacer su primer intento. Se balanceó con las pocas fuerzas que le quedaban, los movimientos basculantes de la silla cobraban ímpetu. Proyectó todo su peso y se desplomó. Su cara quedó muy cerca de la mirada desorbitada del viejo. Su mano derecha tanteó el mango metálico. Tomó la sierra y la enderezó hacia la muñeca opuesta. Al segundo intento, desistió. Era demasiado corta.

Los ladridos se volvían febriles. El perro había pasado de la incertidumbre a la instintiva certeza de que algo malo sucedía. No había tiempo que perder. Con la punta de los dedos, manipuló la sierra hasta encajarla en un ángulo de cuarenta y cinco grados entre los pliegues del cadáver. Le faltaba la respiración, todo daba vueltas: los tachos de pintura vacíos, las herramientas colgadas de las paredes, los frascos con clavos. Se acercó hasta apoyar la base del pulgar contra la cuchilla. Las aletas de la nariz se dilataron, un frío mortal lo recorrió entero. Hasta sus piernas descalabradas se estremecieron cuando empujó con todas sus fuerzas. La mordaza sofocó el alarido cuando la hoja se abrió paso en la carne. La sangre brotaba a raudales mientras empujaba con la mirada enturbiada. Un dolor diferente y más intenso le nubló la conciencia. Se detuvo, apenas podía respirar, se ahogaba con sus propios sollozos, las lágrimas goteaban pesadas en la pequeña laguna escarlata que formaba su propia sangre. ¡Y la hoja que se negaba a avanzar más allá del hueso! Una bruma acuosa engulló las paredes y el techo, el cadáver y los ladridos. Hasta sus propios lamentos fueron tragados por esa vorágine, un vórtice que arrancaba en espirales lo poco que aún le quedaba de vida. Se acomodó, apretó con fuerza los párpados y gritó como un vikingo. La hoja se resistió, su garganta se desgarró en un aullido bestial cuando su brazo se adelantó otro centímetro. Y cedió. Permaneció inmóvil unos instantes, esperando que el dolor remitiera. Cuando finalmente abrió los ojos, se quebró en un llanto desolador. Donde había estado su pulgar asomaba la hoja delgada y ensangrentada de la sierra.

La manija se agitaba con furia, los ladridos retumbaban como si una jauría lo acosara. Desató con dedos temblorosos la correa que ceñía la otra muñeca. Se arrastró hasta la escalera con la cabeza dándole vueltas. Por encima de los ladridos, creyó escuchar algo más. Golpes, gritos, pasos. ¿Había olvidado cerrar la ventana por la que había entrado? La manija seguía sacudiéndose. Y él, perdiendo sangre a borbotones. Se afirmó sin aliento en el primer escalón, a su espalda se extendía el reguero rojo barrido por las piernas, peso muerto adherido a su cintura. Si conseguía llegar hasta arriba, podría trabar el cerrojo. Con las palmas apoyadas en el siguiente peldaño, tomó impulso. El brazo herido cedió y se derrumbó sobre un costado. Al tercer intento y completamente exhausto, logró trepar un escalón. Miró hacia arriba el camino interminable que tenía ante él y supo con la violencia de una verdad irrefutable que no lo lograría.

El pestillo amenazó con ceder, la hoja de madrea retembló. Comprendió que el viejo no había echado llave. Se recostó contra la pared, entregado a su suerte. El rumor ininteligible de voces llegaba y se iba como si el destino se entretuviese alargando su sufrimiento antes de terminar con él. Apenas escuchó la puerta ceder y se volvió. En lo alto de la escalera se dibujó la figura oscura del mastín, más enorme y horripilante de lo que le había parecido en otras ocasiones. Sus ojos brillaban como brasas y de su boca asomaban unos colmillos muy blancos entre nubes de espuma. Ladró enfurecido y se lanzó escaleras abajo, las voces en lo alto se volvían más claras y el tono, más apremiante. Los ladridos se apagaban, las voces se perdían en una marejada. El retumbar de las pisadas del animal lo llenaba todo como si fuera una gran caja de resonancia desintegrándose sin remedio. Se precipitaba en la inconsciencia, inmerso en el aliento caliente del animal. Como si hubiera sido la pierna de alguien más, apenas reaccionó cuando el perrazo clavó sus colmillos en el muslo y sacudía para desgarrar. Lo último que creyó oír antes de sumirse definitivamente en el vacío, fue el disparo. Y ese chillido agudo, como de animal herido.

Rodrigo Fabián Guerra

(escritor)

(Merlo, Buenos Aires, Argentina)

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