Esa niña

Sidonie, mi niña pájaro, libre, amada, corretea por el patio sin ataduras, mientras la observo desde el ventanal de la sala.
Ella acumula historias y personajes y los esconde en su trenza apretada. Algunos se liberan cuando ella brinca feliz en el pasto. Su madre no la ve, está con sus mascotas, más tardes con las plantas, elige las flores que más se adapten para el jarrón del comedor.
Esa niña que concebimos será famosa, su mente vuela, su cuerpo danza. Yo no lograré seguirla, la imaginaré desde mi inmovilidad.
Sus escritos trascenderán, sus actuaciones en el Moulin Rouge no tendrán comparación porque ella sabe cómo desnudar su alma y su cuerpo.
Marcará un estilo con su ropa, con sus aromas, porque ella es singular y muy amplia, cálida y agresiva como una gata en celo.
Atraerá a todos y a todas y nadie escapará a la telaraña de su existencialidad.
Entró a mi vida como un soplo de aire fresco, cambió mi rutina solitaria y oscura. Ella sabe cómo seducir, nació para eso hay seres que se aprovechan de sus capacidades y de su talento innato.
No siempre estaré para cubrirte, desde las sombras te contemplo y no te juzgo, como no juzgo a la guerra inútil que truncó mis sueños y mi libertad de andar.
Vos harás que trascienda mi nombre y que brillará desde las marquesinas. Tu esencia permanecerá, serás amada o despreciada, no interesa porque a todos nos pasa. Mi vida no fue vana, dejé una semilla de incuestionable valor.
Niña mía, mi legado a la vida eres tú.

Por Raquel Rosso
(La Falda, Córdoba, Argentina)