La dama del castillo

Habíamos salido hacia la costa atlántica, sin rumbo fijo.
Durante la marcha, resolveríamos en qué lugar parar.
Al final del camino, espesos nubarrones anunciaban una lluvia que no tardó en llegar.
Al poco rato, el agua comenzó a pegar con fuerza sobre los cristales del auto.
Al cruzar el puente, sobre un arroyo que atravesaba el camino, divisamos un hermoso castillo, asomando detrás de los árboles.
Entonces resolvimos armar nuestra carpa en un camping cercano.
Al atardecer, salimos a caminar un rato para distender nuestros músculos y luego volver para dormir hasta la mañana siguiente.
De pronto se hizo de noche, y nosotros, que estábamos cerca del castillo, nos acercamos a una ventana para observar su interior.
Detrás de las gruesas rejas, nos llamó la atención, una dama muy extraña que nos hacía señas para que nos acercáramos. Intentamos entrar, cosa imposible, pues las puertas estaban totalmente cerradas. Dimos vueltas por todos lados y no encontramos ninguna abierta.
Entonces le preguntamos que hacía en aquel lugar y si estaba sola.
La mujer contestó que sí, que hacía mucho tiempo que no salía de allí. Que habían secuestrado a su marido y a su bebé, y nunca más los había vuelto a ver. Por ese motivo, se había autorrecluído allí, y algunos vecinos le acercaban comida y ropas para que pudiera seguir subsistiendo.
Le prometimos volver, cosa que nos agradeció.
Aquella noche, al volver a la carpa, nos resultó muy difícil pegar los ojos.
A la mañana siguiente, el día amaneció de nuevo, extremadamente caluroso.
Fuimos hasta el pueblito más cercano y entre otras cosas, compramos helados para nosotros y un pote para llevarle a la extraña mujer del castillo.
Como hacía tanto calor, Carlos llevaba solamente una bermuda, con el torso al aire. Al llegar, golpeamos la ventana y ella, abriéndonos la puerta principal, nos recibió con mucha alegría, pues según nos había dicho el día anterior: “Muchos pasan, pero creyéndome loca, jamás regresan”.
De repente, sus ojos se posaron en la medalla que colgaba del cuello de Carlos, y palideció. Creímos que iba a desmayarse.
Le preguntó de dónde la había sacado, a lo que él respondió que la conservaba desde niño. Según le habían dicho, era lo único que tenía cuando lo dejaron en la puerta del Instituto de Menores, donde Carlos se había criado. El día anterior había quedado muy impactado con la historia, ya que él, nunca había podido saber nada de su familia.
Se acercó a él llorando y cayó en sus brazos, mientras lo llamaba: “¡Hijo mío!. ¡Esa es la medalla de tu bautismo!. ¡Yo misma la elegí!”.
Carlos comenzó a besarla, como si hubiese esperado siempre ese momento.
Después de treinta años, se habían vuelto a encontrar.

 

Por Isabel Corrao Santos
(Quilmes, Buenos Aires, Argentina)